Feb 24
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Rick Joyner

       Los científicos han descubierto que nuestra mente se programa con el tiempo por medio de la repetición. Pero la mera repetición no significa que algo sea verdad. ¿Cuántas cosas creemos porque las hemos oído muchas veces? Estas pueden llegar a ser fortalezas que se incrustan en nuestra mente y resisten la verdad.

       Estos conceptos endurecidos en nuestra mente que distorsionan la manera en que vemos el mundo y a Dios también fueron llamados “velos” en la Escritura. Un velo oscurece la forma en que otros nos ven, pero también oscurece nuestra visión de las demás personas. Por eso se nos dice en 2 Corintios 3:18: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor”. Antes de que podamos ver la gloria del Señor sin distorsionarla, nuestros velos deben ser quitados.

       En Romanos 12:2 se nos dice: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”. La renovación de nuestra mente que comienza cuando nacemos de nuevo continúa al rechazar la manera de pensar del mundo y luego tener nuestra mente hecha nueva, para que podamos pensar como el Señor piensa, viendo con Sus ojos, oyendo con Sus oídos y entendiendo con Su corazón.

       En 1 Timoteo 1:5 se nos dice: “Pues el propósito de este mandamiento es el amor nacido de un corazón limpio, de buena conciencia y de fe no fingida”. ¿Está todo nuestro aprendizaje produciendo en nosotros crecimiento en el amor? Saber toda la verdad acerca de Apocalipsis —y de toda la profecía bíblica— no nos ayudará si no somos cambiados por ella para tener mentes renovadas que vean desde la perspectiva del Señor. Como se nos dice en 1 Corintios 13, podemos conocer toda profecía, y no significará nada si eso no nos lleva a amar más y a estar en la voluntad de Dios, conociéndolo mejor y acercándonos más a Él, de modo que permanezcamos en Él. Si estamos haciendo esto, creceremos en amor porque Él es amor.

       En Apocalipsis, debemos examinar algunas cosas terribles de la historia de la iglesia. Son cosas que la iglesia en su mayoría todavía está haciendo, aunque no con la misma crueldad, porque la iglesia ya no tiene poder ni dominio sobre las naciones. Sin embargo, aquello que condujo a algunas de las peores atrocidades de la historia —formas de proceder tan contrarias a Cristo y a Su enseñanza— sigue haciéndose, aunque sea en un nivel menor. Debemos enfrentar y entender cosas muy malas, pero si las vemos por el Espíritu de Cristo, el Espíritu de verdad, veremos en ellas el propósito redentor de Dios y finalmente seremos libres de ellas.

       Te ruego que tengas paciencia conmigo mientras repito a menudo esta verdad. Vamos a mirar cosas acerca de la iglesia que nos desafiarán, y están destinadas a desafiarnos. Debemos verlas desde la perspectiva y el propósito generales de Dios, y nuestra postura básica debe ser crecer en Su amor, porque Él es amor. Él es Aquel cuya imagen estamos llamados a llevar. Es la falta de Su amor y de Su perdón —que es quizá la demostración más básica de Su amor— lo que está en la raíz de lo que llevó a la iglesia tan lejos del camino como para hacer estas cosas, y lo que hasta ahora nos impide ser lo que estamos llamados a ser.

       Debemos, por encima de todo, ver y seguir viendo la “revelación de Jesucristo” para la cual fue dada esta visión. Los hombres caídos, no redimidos y no transformados son propensos a adorar ídolos hasta tal punto que se han hecho ídolos de casi toda verdad cristiana. Un ídolo es cualquier cosa que estimamos o en la que ponemos nuestra confianza más que en el Señor. La gente ha sido propensa a adorar casi cualquier cosa más que a Él. Hemos adorado la fe en lugar de crecer en la fe. Incluso hemos adorado la adoración, dejando que esto eclipse nuestra devoción a Él. Podríamos seguir hablando de cómo hemos tendido a adorar casi todas las cosas buenas que Él nos ha dado más que a Él. No todos lo han hecho, por supuesto, pero los suficientes lo han hecho como para desviar a la iglesia.

       Uno de los ídolos más devastadores de la historia ha sido la devoción a adorar el templo del Señor más que al Señor del templo. Si nuestra reacción al ver este engaño es apartarnos de Su templo, Su iglesia, estaremos aún más seguros de caer nosotros mismos en esto.

       Esta tendencia a condenar a otros cuando vemos sus errores es lo que nos ha mantenido en esta espiral descendente continua. Para ser libres de esto, la respuesta no es retirarnos, sino primero perdonarnos a nosotros mismos y a los demás por medio del poder de la cruz. Luego debemos arrepentirnos, lo cual es apartarnos del pecado, y restaurar, lo cual es volver a ponernos a nosotros mismos y a todos los demás en el camino correcto.

       Cuando Jesús vio lo que estaba mal en el mundo, Él no nos condenó, sino que entregó Su vida por nosotros. Ver esto es lo que comienza a cambiarnos. Debemos aprender a hacer lo mismo cuando vemos fallas en otros. El apóstol Pablo lo dijo bien en Gálatas 6:1: “Hermanos, aun si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre; considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado”.

       Pablo usó las palabras absolutas “alguno” y “alguna falta”. La primera fase de la cosecha venidera será la recuperación de santos descartados que cayeron y fueron echados a un lado. Vamos a restaurarlos. Eso es más que perdonarlos; es llevarlos de vuelta al lugar de donde cayeron. Tengamos presente, cuando hagamos esto, que todos somos proyectos de restauración de Dios. Eso es lo que son la redención y la salvación.

 

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