La manera más básica de distinguir la iglesia que Dios está edificando de aquello que Él no está edificando es conocer a Cristo. Él es nuestro Pastor. Nunca ha abdicado de esa posición. Él es nuestro Maestro, y nunca ha abdicado de esa posición. No sigas a nadie que afirme haber tomado el lugar de Cristo en nada.
Sin embargo, el Señor hace gran parte de Su guía y de Su enseñanza por medio de Sus ministerios en este tiempo. Entonces, ¿cómo lo seguimos? No buscamos oír las palabras del Señor, sino que buscamos oír a la Palabra misma. Debemos oír Su voz cuando Él habla por medio de Su pueblo. Debemos tener la determinación de la doncella sulamita cuando oró al Señor en Cantar de los Cantares 1:7: “Dime, oh tú a quien ama mi alma, dónde apacientas tu rebaño, dónde lo haces recostar al mediodía. Porque, ¿por qué habría de estar yo como una que se cubre junto a los rebaños de tus compañeros?”
La Novia no se contentará con oír los mensajes o las enseñanzas de Su Amado solo por medio de otros; ella exige tener una relación con Él directamente. Ese es el derecho que Él dio a Sus seguidores cuando rasgó el velo del templo en Su crucifixión. El Señor sí se manifiesta por medio de los ministerios que ha dado a la iglesia, pero la manera en que reconocemos a un verdadero pastor que Él ha enviado es cuando oímos a nuestro Pastor hablar por medio de ellos. La manera en que reconocemos a un maestro que Él ha enviado es cuando oímos a nuestro Maestro hablar por medio de ellos.
En Su enseñanza acerca del Buen Pastor en Juan 10, el Señor dijo que Sus ovejas conocen Su voz, y lo siguen porque conocen Su voz. Así que, cuando escuchamos a un maestro o leemos las obras de un autor, debemos buscar oír más que las palabras del Señor; debemos oír a la Palabra misma. La manera en que conocemos a un verdadero maestro enviado por Dios no es solo por su conocimiento y su sabiduría, o por los títulos que tenga, sino por si oímos a nuestro Señor por medio de él. Esto es cierto con todo ministerio.
Como se ha dicho a menudo, el Señor bendecirá cualquier cosa que pueda, tanto como pueda, pero no habitará en todo. Debemos comenzar a ver más allá de solo aquello que Él está bendiciendo, o de aquellos a quienes está bendiciendo, y buscar Su presencia en aquellos en quienes Él habita.
Es porque buscamos seguir a Cristo que debemos cuidarnos de aquellos que están procurando dejar su legado en este mundo. He tenido el privilegio de conocer a muchos de los más grandes hombres y mujeres de nuestro tiempo, y he pasado la mayor parte de mi vida, que ahora ya abarca más de tres cuartos de siglo, estudiando las grandes voces de la historia de la iglesia. Trágicamente, demasiados de ellos se desviaron cerca del final de sus vidas. Todos parecían tropezar con la misma piedra de tropiezo. ¿Qué es? ¿Cómo podemos evitarlo?
Esta desviación del Camino parecía venir siempre cuando comenzaban a pensar en su legado, preocupándose por cómo serían recordados en el mundo, en lugar del legado de Cristo. Algo está seriamente fuera de lugar cuando llegamos a estar tan dedicados a aquello que es temporal en lugar de a lo eterno y al Eterno. Si hemos conocido y seguido al Señor, y contemplado Su gloria, ¿cómo podríamos siquiera pensar en nuestro propio legado en lugar del Suyo?
Habrá gloria y honra en el Día del Juicio para Sus siervos que le hayan servido bien, pero también aprenderemos cuánto nos costó dar atención o esfuerzo a cualquier honra para nosotros mismos. La verdadera honra se gana al no buscar nuestros propios intereses y estar enteramente dedicados a los Suyos. Aun así, toda honra y toda gloria palidecerán tanto ante las Suyas que estaremos profundamente avergonzados por cualquier atención que hayamos desperdiciado buscando la nuestra. Es una trampa buscar nuestro propio legado en este mundo presente, pero tendremos uno mayor por la eternidad si vivimos y terminamos esta vida buscando el Suyo.
Una cosa que aprenderemos en Su Día del Juicio es cuántas de las buenas obras de los hombres provenían del lado bueno del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, en lugar de provenir del Árbol de la Vida, Jesús. Nunca, jamás, comprometas tu devoción a Él como la ÚNICA Cabeza de la iglesia: nuestro Pastor, nuestro Maestro, nuestro Profeta, nuestro Evangelista, y el Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra confesión (ver Hebreos 3:1). Debido a que lo honramos a Él, es correcto honrar a los mensajeros que Él envía, pero nunca debemos permitir que ningún hombre o ángel eclipse nuestra devoción a Él.
Las personas que dan su devoción suprema a la humanidad tomarán la marca de la bestia, 666, un número que representa a la humanidad. La marca no es el pecado, sino que es evidencia de que el hombre es aquello que hemos estado adorando. Aquellos que mantienen su devoción suprema a Dios no correrán ningún peligro de tal engaño. Jesús dijo que el primer y más grande mandamiento es: “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (ver Mateo 22:37-38). Aquellos que no guardan el primer mandamiento estarán en peligro.
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