Feb 10
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Rick Joyner

       En Apocalipsis, la Gran Ramera también es llamada Misterio Babilonia. En la Escritura, se dan nombres a las personas, o entidades, para identificar su naturaleza. Ya hemos visto por qué a este sistema se le llama la Gran Ramera, y esta semana veremos con un poco más de profundidad por qué se le llama Misterio Babilonia, ya que el mensaje en Apocalipsis acerca de esto parece estar comenzando a desarrollarse.

       Una característica que identifica esta trágica insensatez es el intento del hombre de llegar al cielo por sus propios medios. En Apocalipsis, Misterio Babilonia es una metáfora de la iglesia que los hombres trataron de edificar para llegar al cielo. Sin embargo, sus motivos eran los mismos que los de los hombres de Sinar, quienes edificaron la Torre de Babel. Estos se describen en Génesis 11:3-4: “Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra”.

       Por mucho que podamos afirmar que nuestros edificios y proyectos son “para Dios”, Él no se deja engañar. Ese puede ser un motivo, pero no es el motivo. Él es la Cabeza de Su iglesia y el Rey de Su reino, y Él iniciará—y dirigirá—lo que es Suyo.

       Cuando el verdadero motivo de nuestras obras religiosas es reunir a la gente en torno a nuestro proyecto y hacernos un nombre, Dios lo sabe. A la larga hará con nuestras obras lo que hizo con los hombres que trataron de edificar la Torre de Babel: confundió sus lenguas y esparció a las personas para que no pudieran seguir edificando.

       La destrucción de este falso sistema vendrá de la misma manera que con la Torre de Babel—y esto está comenzando a sucederle ahora al cristianismo institucionalizado. La iglesia ya tiene miles de “lenguas”, o doctrinas, y ha sido dividida en denominaciones, de modo que no podemos seguir edificando esta gran insensatez.

       Como se nos exhorta en el libro de Hebreos, Jesús sufrió “fuera del campamento”, y se nos exhorta a salir a Él fuera del campamento. Jesús nunca llegó a ser parte del “campamento”, o del establecimiento, y se exhorta a Su pueblo a seguirlo en esto.

Apocalipsis 18 trata, en su mayor parte, de la destrucción de la iglesia falsa que los hombres trataron de edificar. En el versículo 21 se nos dice: “Entonces un ángel poderoso tomó una piedra, como una gran piedra de molino, y la arrojó al mar, diciendo: ‘Así será derribada Babilonia, la gran ciudad, con violencia, y nunca más será hallada’”. Como dijo Jesús en Mateo 15:13: “Toda planta que no plantó mi Padre celestial será desarraigada”.

       Sabiendo que esto ya está determinado, debemos considerar lo que se nos dijo en Apocalipsis—que muchos del pueblo de Dios están en este sistema edificado por los hombres y no por Dios—. Lo sabemos porque Apocalipsis 18:4 dice que hay un momento en que Él les dice: “Salid de ella, pueblo mío”. ¿Por qué habría de estar alguno del pueblo de Dios en este sistema? Al igual que la mayoría de los incrédulos, muchos cristianos piensan que la iglesia institucional que los hombres han edificado es la iglesia de Dios. No lo es. Más de la mitad ya se ha ido, y el éxodo continuará hasta que ya no exista.

Otra razón por la que algunos del pueblo de Dios están en la iglesia falsa es que la bendición de Dios está sobre ella, aunque Dios no la inició ni la edificó. ¿Cómo está Su bendición sobre algo que Él va a destruir? El Señor bendecirá cosas que Su pueblo hace y que no forman parte de Su propósito—así como bendijo a Ismael—pero Él no las habitará. Solo habitará la iglesia que Él edifica.

       Su iglesia, Su reino, no son de este mundo y no pueden ser vistos por aquellos que no tienen los ojos de su corazón abiertos para ver por el Espíritu, sino que solo pueden ver desde la perspectiva terrenal. Cuando Jesús nació, la única manera en que se le podía encontrar era por revelación. Esto sigue siendo cierto con todo lo que Él está trayendo. Lo que nace del Espíritu también debe ser revelado por el Espíritu.

       Nací de nuevo en una reunión en una casa hace más de cincuenta y cinco años. Este grupo, como Abraham, buscaba ser parte de lo que Dios está edificando, no de lo que edifican los hombres. No estaban reaccionando contra la iglesia institucional; simplemente tenían una visión más alta. Aquel pequeño grupo, compuesto en su mayoría por estudiantes universitarios, tenía más de la presencia y de la actividad de Dios que la que he encontrado en cualquier iglesia o ministerio institucional—y he estado en muchos por todo el mundo. He seguido visitando muchos de esos pequeños grupos que se reúnen en busca de Dios, y a menudo he encontrado una presencia y actividad del Señor similares.

       Sin embargo, no es solo el hecho de ser pequeños y no institucionalizados lo que atrae tanto la presencia del Señor. Comienza por ser algo que Él inicia y edifica. Él está edificando una familia, no solo una organización. Esto se refleja en el hambre y el amor por Él, y en el enfoque en Él, no solo en estrategias para organizar y edificar.

 

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