Hace unos años, el presentador de un programa popular envió a su equipo a entrevistar a estudiantes de posgrado en algunas de nuestras universidades mejor clasificadas de los Estados Unidos. La primera pregunta que se les hizo a los estudiantes de posgrado fue si eran socialistas. Casi todos dijeron que “sí”. Luego se les preguntó: “¿Qué es el socialismo?”. Ni uno solo pudo responder. Algunos lo intentaron y quedaron avergonzados. Quizás sería bueno entender cualquier cosa que afirmemos ser o en la que afirmemos creer.
Estos eran estudiantes de posgrado de las mejores universidades de los Estados Unidos, el país que más gasta en educación por estudiante. Todos habían adoptado la filosofía marxista, la cual, según testifica la historia, ha sido la filosofía más mortífera y destructiva que el mundo jamás haya conocido. ¡La abrazaron aun cuando no podían definirla! Las generaciones emergentes pueden ser las más educadas de la historia, pero, como muchos están viendo ahora, no han sido educadas sino adoctrinadas de maneras que las separan cada vez más de la realidad.
Pero no juzguemos con demasiada dureza cuando podríamos decir lo mismo de los cristianos de hoy. ¿Cómo es que tantos pasan sus vidas en iglesias, pero no pueden articular ni siquiera las doctrinas cristianas básicas? Charles Spurgeon lamentó que podía encontrar diez hombres que morirían por la Biblia por cada uno que la leyera.
Se nos dice en 1 Corintios 2:10: “Pero Dios nos las reveló por medio del Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun las profundidades de Dios.” Así que, si verdaderamente tenemos Su Espíritu, no deberíamos ser superficiales en nada de lo que creemos. ¿Escudriñamos “todas las cosas” por Su Espíritu, o simplemente aceptamos lo que oímos que nos suena bien?
La vida cristiana no consiste solamente en seguir reglas, asistir a reuniones o poder citar doctrinas con precisión. La verdadera vida cristiana es la mayor aventura que podemos vivir en esta tierra. Esta aventura no solo nos conduce a cosas que debemos hacer, sino también a lo que somos llamados a ser. Como alguien dijo, “No somos llamados ‘haceres humanos’ sino ‘seres humanos.’”
Hacer lo que el Señor nos ha llamado a hacer es importante, pero llegar a ser lo que Él nos ha llamado a ser lo es aún más. No podremos hacer lo que somos llamados a hacer si no estamos llegando a ser lo que somos llamados a ser. Las obras del Señor no consisten solamente en completar proyectos, sino que Sus obras son un mensaje acerca de Quién es Él—Su naturaleza. Por lo tanto, debemos hacer Sus obras por medio de Su Espíritu y con Él—Su corazón y Su naturaleza. Esto requiere llegar a ser quienes somos llamados a ser.
En Cristo, cada uno de nosotros tiene un propósito único, un llamado, que cumplir. Este consiste en ser una parte específica de Su cuerpo con una función específica. El Señor nos trajo a este mundo teniendo eso en mente. Hasta que todos estemos debidamente unidos al equipo supremo y a la fuerza más grande de este mundo—el cuerpo de Cristo—ninguno de nosotros puede ser plenamente quien está llamado a ser. Así que parte de nuestra obra en el Señor es ayudar a edificar este equipo, que también es Su templo y Su novia, la cual debe ser preparada para Él. Esta obra también nos transforma en quienes somos llamados a ser, la parte específica de Su cuerpo.
Cuanto más maduremos en Cristo, más veremos lo que Dios está edificando y nuestro lugar en lo que Él está edificando. Estas cosas deben venir por revelación de lo alto, tal como sucedió con el primer peregrino, Abraham. La visión que Abraham tuvo de lo que Dios estaba edificando lo cautivó de tal manera que dejó todo y a todos los que conocía para buscarlo. Podemos preguntarnos por qué cualquiera que haya visto lo que Dios está haciendo—lo que Él está edificando—no haría lo que hizo Abraham, entregándose por completo a ello.
Simplemente no hay nada que el hombre esté edificando o haciendo que pueda compararse con lo que el Señor está edificando. Cuando veamos Su obra, será difícil interesarnos incluso en las obras más grandes del hombre. Una característica de aquellos que han visto lo que Dios está edificando es cuán poco se aferran a las cosas de este mundo y de esta vida, y cuánto están dispuestos a sacrificar por la obra de Dios.
Una vez que veamos la eternidad con “los ojos de nuestro corazón”, y no solamente con nuestra mente, las cosas temporales de este mundo perderán su dominio sobre nosotros. Estas serán reemplazadas por una esperanza y una visión que aquellos que no las tienen no pueden comprender. Un reflejo supremo de esto es la facilidad con la que incluso entregarán con gozo sus vidas temporales en este mundo para servir a los propósitos eternos de Dios. Aquellos que lo ven se convierten en un pueblo peculiar, cautivado por lo que han visto de otro mundo.
© 2026 Rick Joyner. Reservados todos los derechos.
